Domesticar lo extraordinario: el McDonald’s del fornipicio

Cuando viajé a Bangkok para investigar a fondo el mundo que pretendía retratar, Pedro me había preparado una agenda de lo más variopinta. Entre las actividades que iba a realizar, había unas cuantas entrevistas con propietarios de burdeles. 


Acudí imaginando toparme con algo sórdido, clandestino, casi cinematográfico. Algo con olor a peligro. Uno espera a mafiosos rusos con grandes cadenas de oro o a turbios proxenetas vestidos de cuero de arriba a abajo, y la realidad te ofrece otra cosa: tipos hablando de turnos, de márgenes, de rotación de personal, de problemas con los proveedores, de licencias municipales. El tono era el mismo que el de alguien que gestiona un McDonald’s. Aquello, que desde fuera parece morboso y truculento, desde dentro funciona como un negocio más. Y ahí es donde aparece un fenómeno humano muy interesante: la banalización de lo extraordinario.


El cerebro humano tiene una capacidad formidable para normalizar aquello que se repite. Lo describió muy bien el sociólogo Peter Berger cuando hablaba de la “construcción social de la realidad”. Cualquier actividad, por extraña o chocante que resulte para el observador externo, acaba integrándose de forma natural en la vida cotidiana de quienes la practican. Piensa en los enterradores, por ejemplo. Todo el día viendo muertos. Estoy convencido de que al final sienten que están cargando leña de acá para allá. O los policías. Cualquier laico que entre en una comisaría a poner una denuncia y vea a un tipo tosco y esposado estará al acecho, impresionado. Para ellos, los delincuentes son el pan suyo de cada día. Un cliente más en la fila. El dueño de un burdel termina hablando de sus chicas como el dueño de un restaurante habla de sus camareros. No hay drama, no hay épica. 


Lo curioso es que esa banalización funciona en ambas direcciones. Quien vive dentro del sistema lo ve como algo normal. Quien vive fuera proyecta sobre él todo tipo de fantasías morales o escandalizadas. Y entre ambas miradas se abre un abismo.


Cuando uno viaja por Asia y se acerca a estos ambientes descubre otro elemento que suele desconcertar a los occidentales: la naturalidad con la que se vive el sexo. Forma parte de la vida, igual que la comida o el dinero. Una actividad humana más. Cuando transcribí en la novela la desinhibición con la que se tomaba Nana su nuevo trabajo, chirrió profundamente a las editoras. Es uno de los pocos cambios que me sugirieron -y con razón- al leer el manuscrito: tenía que explicarse un poco cómo es posible que a una apocada chica de provincias le diera un poco igual ponerse a bailar en una tarima o sobetear babosos desde el primer día. 


Sin embargo, esto tiene una explicación cultural. Las civilizaciones del sudeste asiático no han crecido bajo la alargada sombra de las religiones abrahámicas, y eso cambia mucho el paisaje moral. En el cristianismo, el judaísmo o el islam, el sexo se ha visto desde siempre asociado al pecado, a la culpa, a la vigilancia del deseo. El famoso pecado de fornicación ha pesado durante siglos sobre la experiencia sexual de occidente. En muchas culturas asiáticas ese marco moral nunca existió con la misma intensidad. El budismo, el taoísmo o el animismo popular no entienden la sexualidad como un campo de culpa metafísica. Puede haber normas sociales, puede haber decoro, puede haber hipocresía -como ocurre en cualquier sociedad-, pero la idea de que el sexo en sí mismo ensucia el alma tiene mucha menos presencia.



A eso se suma otro fenómeno contemporáneo: la exportación de debates morales occidentales, especialmente los procedentes del feminismo de trinchera. En Europa o en Estados Unidos la prostitución se discute dentro de una arquitectura ideológica sólida: explotación estructural, heteropatriarcado, violencia simbólica, francopantanismo. Pero cuando ese marco se proyecta sin matices sobre contextos asiáticos produce cierta distorsión, porque allí la percepción social del sexo y del trabajo sexual se ha construido sobre coordenadas culturales distintas. En Bangkok, por ejemplo, el contraste puede resultar chocante para un europeo. Te daré un ejemplo muy gráfico. En una esquina bien visible de Nana Plaza, nada más entrar a la derecha, te encuentras una gran  casa de los espíritus guardando el lugar. Te dejo por aquí unas fotos, por si sientes curiosidad. Imagínate que en un burdel occidental alguien monta una capilla a Santa Brígida. Como que no. Del mismo modo, Soi Cowboy convive con templos budistas, mercados familiares y bloques de apartamentos donde viven familias corrientes. Nadie siente que esté habitando Sodoma. Es simplemente parte del ecosistema urbano.

Tal vez la verdadera lección que se puede desprender de todo esto es incómoda para nuestra sensibilidad occidental. Muchas de las cosas que cargamos de dramatismo moral pierden esa carga en cuanto se insertan en la vida cotidiana de quienes las viven. La realidad tiene esa cualidad corrosiva: desgasta la épica y convierte lo excepcional en simple costumbre. Cuando uno pasa suficiente tiempo escuchando a quienes viven dentro de esos mundos, empieza a entender que la línea entre lo ordinario y lo extraordinario es mucho más frágil de lo que estamos dispuestos a admitir.

Publicado: 24/03/2026 14:41