Mi arma secreta

Ha llegado el momento de que les hable de Pedro.


Si siguen ustedes mis peripecias desde hace tiempo, recordarán que, para mis cincuenta, organicé un viaje apocalíptico por el Sudeste Asiático. La verdad es que todo salió rodado, excepto mi salud. Estuve muy enfermo la mayor parte del tiempo, y no tenía forma de parar para reponerme, porque había planificado cada etapa con todo tipo de actividades. Los primeros días, cuando todavía estaba medio vivo, los pasé en Bangkok. Una tarde estaba repasando los comentarios de mis vídeos, y uno en concreto me llamó la atención. Decía algo así como “Si Fabián quiere conocer los entresijos de Nana Plaza, que pregunte por Pedro. Soy español y el gerente de este sitio.”

En ese momento estaba yo en calzoncillos y a unos quinientos metros de Nana Plaza, así que me enfundé unas bermudas y decidí acercarme por pura curiosidad. Nana Plaza es uno de los tres grandes núcleos de ocio adulto de Bangkok. Desde fuera parece un centro comercial cansado, uno de esos lugares donde uno esperaría encontrar una tienda de maletas y un dentista barato. Pero al cruzar el umbral, la lógica se reorganiza. Todo es rojo, azul, violeta. Colores que no existen en la naturaleza y que, por eso mismo, resultan irresistibles. Te convierten en una polilla humana aturdida. El recinto está dispuesto como un anfiteatro cuadrado de tres plantas que rodean un patio central. En cada nivel se alinean decenas de bares abiertos al vacío, como palcos de un coliseo donde el espectáculo es continuo y no necesita escenario.


El aire es denso. Huele a perfume dulce, a tabaco, a alcohol derramado y a aire acondicionado esforzándose inútilmente. Hay ventiladores girando con una lentitud casi ceremonial. La música se pelea a hostias: una base electrónica de un bar, una balada ochentera del contiguo, el murmullo constante de gritos en inglés, alemán, chino, árabe. Centenares de putas -de las apetitosas y de las medio ajadas- llamando tu atención, buscando tu mirada como águilas que se saben ya todos los trucos. Es una torre de Babel construida sobre un único idioma: la transacción. Y, sin embargo, lo más perturbador es la normalidad. A pocos metros, en la calle Sukhumvit, circulan familias, ejecutivos, monjes. El mundo sigue intacto. Nana Plaza existe como una grieta perfectamente delimitada, un ecosistema autónomo suspendido en el espaciotiempo donde las reglas son distintas. Es un lugar donde los hombres vienen a buscar una versión simplificada de sí mismos. Y donde, a menudo, encuentran justo lo contrario.



Pues bien. Llego a Nana Plaza y pregunto por Pedro a los guardias de seguridad que filtran la entrada. Ninguno tenía ni puñetera idea de qué les estaba contando y era evidente que querían que me fuera a follar y dejara de dar la brasa. Empecé a pensar que tal vez me habían encajado una troleada épica, pero finalmente pedí que me apuntaran dónde estaba la oficina del gerente. Tercera planta. Una esquina aséptica, discreta, algo intimidante, sin ningún neón a la vista. Llamé al timbre y un racimo de cámaras me apuntó sin pudor ni disimulo. Al cabo de tres minutos eternos, se abrió la puerta con un chasquido. Se presentó ante mí un farang con los ojos abiertos como platos.

- Coño- dijo-. ¡Fabián C. Barrio en Nana Plaza!


Huelga decir que nos hicimos amigos al instante. Le pedí que me paseara un poco por el lugar. Recorrimos las tres plantas dando largas zancadas. Me presentó a los matones, a los dueños de los locales, a las ladyboys de perturbadora belleza, a los clientes eternos y me señaló incluso al anciano novio de una prostituta que la acompaña todas las noches y la espera en un rincón para volver a casa cuando termina su turno. Parecía una película asombrosa y frenética proyectándose en tiempo real ante mis ojos, o tal vez una novela de Bret Easton Ellis. Es una de las enormes ventajas que tiene mantener un canal relativamente popular en Youtube: acabas conociendo a gente única con la que nunca habrías tenido contacto si mi vida fuera medio normal. El caso de Pedro, además, tenía un ingrediente adicional. Los dos éramos náufragos varados en una isla saturada de extranjeros indiferentes o borrachos. Uno podría imaginar a un Pedro arquetípico: trabajador de la noche, machirulo heteropatriarca, de músculos voluminosos cincelados a base de muchos años de disciplina. Pero la cercanía que dan los naufragios me permitió conocer las muchas capas que conforman a un tipo sensible, generoso, estoico, honesto y pleno, curtido en mil batallas pero sin renunciar a la belleza íntima del arte. Resultaba fascinante verlo en su salsa, riñendo a las ladyboys, dirigiendo a los seguratas, apaciguando a los propietarios de los locales, controlando los tumultos con ojos de halcón.


Total, que cuando concluyó mi estancia en Bangkok nos intercambiamos los teléfonos y ahí se quedó la cosa. Pero claro, quedaba pendiente la historia de Nana. Así que unos meses más tarde, se me ocurrió enviarle un mensaje de Whatsapp. Mi plan original siempre había sido ir a Bangkok como un pardillo y recorrer los lugares cual mero amanuense perdido en el tumulto. Pero Pedro se había convertido en mi arma secreta. 

El destino había reservado para mí un pase VIP a los entresijos del mundo que pretendía retratar. 


Publicado: 02/03/2026 08:47