
1980: Los primeros viajes

1983: Lisboa

1990: Estados Unidos

Boulder era una pequeña ciudad de provincias asentada a orillas de las montañas Rocosas, en una gran planicie de un vivo color carmesí. Los Haas disfrutaban de todas las comodidades de una familia modélica de telefilm de sobremesa: una enorme casa con retorcida escalinata, cuatro coches, una secadora monumental, un refugio para tornados y una de las neveras más grandes que haya visto jamás. Los Haas tenían dos hijos: Robert, el más joven, era un colosal monolito de cien kilos de músculo que acabó siendo una estrella de la liga universitaria de fútbol americano. Annie se convirtió en mi hermana para siempre jamás. Era una adolescente atolondrada, de personalidad arrolladora de diva de la ópera, una voz potentísima de contralto y uñas muy largas de color cereza. No sé cómo el destino supo ponernos en nuestros respectivos caminos, pero acertó de lleno.
En el instituto me junté con un grupo de estudiantes de intercambio, y formamos una piña inseparable. Todavía mantengo contacto con alguno de ellos.
1991-1996: Filomeno, a mi pesar
Como penitencia, y dado que desde los 14 años me convertí en un estudiante bastante mediocre, me vi casi obligado a estudiar Psicología, carrera que nunca me resultó estimulante pero para la que tenía nota suficiente. Sin embargo, un rasgo de mi personalidad es el tesón: La acabé a la primera por mis santísimos cojones. Todavía hoy sueño que me falta un examen. Llovía eternamente sobre el lomo de Galicia. Jamás recogí mi título.
Mientras estudiaba en el hospital para enfermos mentales de la Universidad de Santiago decidí probar suerte con la radio. De nuevo el tesón hizo que el director de programas de Onda Cero escuchara una cinta. Llamaba al pobre hombre casi a diario, y un día conseguí que se llevara consigo, de camino a una rueda de prensa, el cassette que le había grabado. Me llamó riéndose sin parar y me ofreció un espacio de cine en la programación local. Me creé un personaje, el Fotograma Triangular y con él empezó una carrera fascinante que duró ocho años. Amo la radio.

Aprovechando un programa de modernización para PYMES de la Xunta de Galicia, y sin dejar de trabajar gratis en la radio, instalé una pequeña red en mi casa y me hice autónomo. Me gastaba puntualmente todos los meses la pensión alimenticia de mi padre en pagar al Estado. Mi plan inicial era emplear mis rudimentarios conocimientos de psicología para montar una web en la que uno se apuntara para buscar pareja. Esta idea brotaría muchísimo después bajo la forma de Meetic o de eDarling, y de haberlo conseguido entonces, hoy sería multimillonario. La idea era que lo pagara la Coca-Cola. No obstante, yo no tenía ni idea de programación, y las pocas empresas que por aquellos tiempos operaban en Internet en España cobraban lo que querían por hacer esas cosas. Así que simplemente abrí una página en la que escribía sobre tecnología, mostraba webs curiosas, programas útiles, cosas así. Por asombroso que parezca, todavía me escribe alguien de vez en cuando diciéndome que echa de menos mis boletines.
Huelga decir que en aquella época no había ni Youtube, ni blogs, ni absolutamente nada que pudiera parecérsele y tenía que hacerlo todo a mano buceando en códigos incomprensibles: hablamos de finales de los noventa. En Internet estabábamos un tipo de Cuenca y yo. Durante un buen par de años estuve bregando con aquella página, y fui incrementando mis líneas de negocio. Llegué a tener una decena de webs, entre las que se contaban un par de páginas porno y un casino online -en joint venture con un mafioso ruso que vivía en Nueva York, operaba en las Barbados, y que me mandaba puntualmente cheques cada vez más voluminosos-. El caso es que finalmente me contrataron en Radio Voz por una verdadera miseria. Estuve un par de años trabajando de cuatro de la mañana a doce de la noche ininterrumpidamente. Me relajaba volando cometas en un descampado cercano y a veces dormía una brevísima siesta como un pequeño ratón en un colchón el trastero de la casa de mi padre, a donde iba a comer un bocadillo antes de enfrentar la tarde. Oh, la juventud.
2000: El abandono del útero

Estando en esta extraña situación de Doctor en Alaska, un buen día me fijé en que la empresa que llevaba la publicidad de mis páginas -yo había firmado el segundo contrato que firmaba esa gente, el primero fue el buscador Ozú- tenía planes de expansión por Brasil y Portugal. Les escribí ofreciéndoles mis servicios. Me llamaron al cabo de unos cinco minutos ofreciéndome un puesto de ejecutivo junior. El salario multiplicaba por cinco el que me pagaban en la radio. Diez días más tarde emprendía rumbo a Madrid con el Ford Ka cargado hasta los topes. Era la época del boom de las puntocom. Pagaban casi cualquier cosa a casi cualquiera que supiera teclear con sus muñones algo en el ordenador. La empresa se disolvió a los seis meses de mi llegada -no tuve nada que ver con ello, tendríais que haber visto cómo pasaban las horas jugando al futbolín los ingenieros de sistemas- y yo fundé con las brasas de aquella hoguera mi propia empresa.
2001-2010: El pijo urbanita

Me dediqué durante los siguientes nueve años de mi vida a prestar soporte técnico y asesorar en cuestiones de marketing, publicidad, programación y diseño a diarios digitales de alto tráfico. Es muy probable que hayas visitado una página tras la que yo me encontraba sudando la gota gorda. Fornicaba compulsivamente, conducía un coche descapotable, vestía de Armani y cenaba en restaurantes decorados por Philippe Stark. Fui infeliz desde el minuto cero hasta que decidí dejarlo todo y salir a recorrer mundo como un perroflauta. Hice dinero esos once años, no lo dudo. En este país miserable, mediocre y ruín incluso me exigen que pida disculpas por ello. Pero ya he aprendido que el dinero no da la felicidad. Sólo quiero tener el dinero necesario para vivir de forma agradable. En realidad, el dinero sólo te permite comprar cosas que no necesitas. Para poco más sirve.
2010-2015: El morador del asfalto
Enloquecí. Sí, esto es así, enloquecí. Sólo un loco decide tirar por la borda el trabajo de diez años por cumplir un sueño. Me han preguntado muchas veces cómo es el momento en que decido plantarlo todo, ese instante de locura que cambia tu vida por completo. Ocurrió así: Una tarde de domingo, unos clientes me habían llamado porque parte de su oficina se había quedado sin red. Mis empleados no estaban por la labor de desplazarse hasta allí, así que me tocó ir a mí. Me encontré arrodillado bajo una mesa de oficina, tanteando el polvoriento suelo para descubrir un cable suelto en alguna parte. Y tuve una especie de Revelación, de Momento Mágico. En aquel momento fui Quijote en busca de su armadura, o Santa Teresa de Jesús levitando en su celda monacal.
– ¿Qué cojones haces aquí?- me pregunté siseando.
No era una pregunta retórica: mitad de mi cabeza exigía una respuesta justificada. Qué cojones pintaba allí, bajo aquella mesa, con las finas motitas de polvo revoloteando a mi alrededor y metiéndose en mi nariz. Cuándo, en toda mi estúpida y vacía existencia, había elegido terminar buscando un puñetero cable suelto un domingo por la tarde bajo el escritorio de una oficina de una zona pija de Madrid.
Aquella noche, tras sacar a mear a Vaca, mi esquizofrénica dálmata, me tumbé en el sofá y observé con mirada perdida las cerchas de metal del techo de mi salón.
– Lo único que necesitas hacer es fijar una fecha- revelé en voz alta a las sombras del salón. Y sabía que era verdad. Solo tenía que fijar una fecha, poner fin a esa vida y empezar una nueva. Durante unos días esa idea me obsesionó. Fijar una fecha. ¿Una fecha para qué? Pensé en ir andando a la India. Pensé en montar un restaurante. Consideré muy seriamente la idea del suicidio, e incluso lo planifiqué con cierto desdén pero abandoné la idea por cobardía. Y, mientras tanto, el móvil no dejaba de sonar. Las reuniones con los clientes eran cada vez más tensas, y se me antojaban más inútiles y vacías. En alguna ocasión consideré la posibilidad de abandonar alguna de esas reuniones y arrojarme por una ventana tras efectuar una danza obscena con la picha al aire sobre la mesa de juntas. Habría sido un final glorioso para una existencia mediocre y ridícula. Compré un par de atlas y de mapas. Y empecé a dibujar una idea en la cabeza.
Partí el 22 de mayo de 2010 a las 12 de la mañana. No volví a mirar atrás.


Durante mi vuelta al mundo, en Nepal, un ex-coronel del ejército británico me contó su historia: al saberse estéril, su mujer Esther se había suicidado, y este hecho motivó en Philip el ardiente deseo de llenar su propia vida de sentido. Montó una ONG en Kathmadú para rescatar a niños comprados a sus familias a los pies del Himalaya y esclavizados en circos de la India. La historia me cautivó tanto que decidí dedicarle un año de mi vida. Conseguí el patrocinio de Mutua Madrileña y partí rumbo a Oriente en 2014. Llamé a este viaje Proyecto Suraj, y supondría un punto de inflexión en mi joven carrera de escritor y viajero. Descubrí que me gustaba aunar la aventura con la investigación y la responsabilidad social. Al concluir este viaje, publiqué dos libros: Las mejores rutas por el mundo en moto -mi primera experiencia con una editorial grande- y la novela Malabar.
Malabar es mi libro menos vendido, y sin embargo es el que más aprecio. Lo escribí en Kathmandu, en un plazo de unos dos meses. Cada vez que necesitaba algo de inspiración, no tenía más que bajar a la calle y respirar.

2018-?: La Rebelión de Sísifo
