Lo primero que quiero decirles es que yo DETESTO Los Minutos del Odio. Detesto el contenido, detesto las formas, detesto la presentación, y detesto, sobre todas las cosas, dedicarle tanto tiempo a esa putísima mierda.
Y, sin embargo, la gente lo ama.
Podría decirles que me debo a mi público y quedarme tan pichi. Pero la cosa es algo más complicada. Los Minutos del Odio son, a estas alturas, como un hijo conflictivo. Yo no quería que saliera así. Uno tiene un canal, lo educa con cariño, le compra buenos libros, intenta que se interese por Epícteto, por la historia, por asuntos elevados… y un día descubre que vota a Podemos y se identifica como therian pansexual.
Y ya es demasiado tarde.
Porque el gráfico demuestra una realidad terrible. Cuando dejo de publicarlos, el público comienza a olvidarse del canal. Primero lentamente. Luego con entusiasmo. Cada semana que pasa sin Minutos del Odio, el interés general desciende un poco más, hasta que finalmente podría acabar yo publicando un magnífico documental de tres horas sobre la caída de Constantinopla para siete espectadores, cuatro de los cuales serían bots rusos.

En cambio, cuando alimento a la criatura, ocurre algo muy distinto. Publico un Minuto del Odio y ¡PUM!: subidón. Aprovechando la excitación colectiva publico después un vídeo normal y, aunque el pico es menor, parte de esa gente se queda. A la semana siguiente vuelvo a echarle carne al monstruo: ¡PUM! Otro Minuto del Odio. Después otro vídeo serio. Y así sucesivamente.
El resultado es una especie de respiración asistida del canal.

Esto me coloca en una situación moralmente complicada porque uno no abandona a un hijo simplemente porque haya salido macarra. Se le da de comer. Se le compra ropa. Se paga su academia de kickboxing. Y se espera secretamente que, cuando uno tenga ochenta y siete años y ya no pueda valerse por sí mismo, aquel muchacho enorme y desagradable recuerde quién estuvo ahí para él. Los Minutos del Odio son el báculo de mi vejez.
Cada episodio que publico hoy es una pequeña aportación a mi plan de pensiones. Algún día estaré sentado frente al Mediterráneo, decrépito pero solvente, mientras el algoritmo continúa ingresando 3,74 euros porque alguien en Albacete acaba de descubrir un vídeo de 2026 en el que me indignaba por una gilipollez que ya nadie recuerda.
En qué consiste el formato
El nombre
En 1984, de George Orwell, los Dos Minutos de Odio son un ritual colectivo organizado por el Partido para mantener a la población sometida mediante la manipulación de sus emociones. Cada día, los ciudadanos deben reunirse frente a una pantalla gigante en la que aparecen imágenes de Emmanuel Goldstein, el supuesto gran enemigo del Estado, acompañadas de propaganda destinada a provocar indignación, miedo y rabia.
Durante esos dos minutos, los asistentes gritan, insultan y descargan su furia porcina contra el enemigo señalado. Lo verdaderamente inquietante es que incluso quienes al principio contemplan el espectáculo con escepticismo terminan dejándose arrastrar por el contagio emocional de la multitud. El odio se convierte en una experiencia colectiva que anula el pensamiento individual y refuerza la lealtad al Gran Hermano.
Los Minutos del Odio toma su nombre directamente de esta novela.
Los personajes
Mucha gente me ha pedido un listado de los motes empleados en el programa. La lista no pretende ser exhaustiva.
Pedro Sánchez = Antonio Primero
Alberto Núñez Feijóo = A Raposa dos Peares
Santiago Abascal = Don Santiago y Cierra España
Yolanda Díaz = Lady Paro
Isabel Díaz Ayuso = La Novia Cadáver
Gabriel Rufián = El Fanegas
Óscar Puente = El Eslabón Perdido / El Monoraíl
Félix Bolaños = El Repelente Niño Vicente
María Jesús Montero = La Charo de la Guadaña
Óscar López = Mister Potato
Mónica García = Médica y Madre
Ione Belarra = Carri Cara de Pobre
Irene Montero = La Viudiña
Salvador Illa = El Beaker del Vallés
Carles Puigdemont = Putinmón
Juanma Moreno Bonilla = Toma Moreno
José Luis Martínez-Almeida = Doña Rogelia
Cayetana Álvarez de Toledo = La Llama que Llama
Miguel Tellado = El Pokémon Parrocho
Ernest Urtasun = El Pijopera
PP = El Popó
VOX = El Partido que no Puede Ser Nombrado
PSOE = El Putisoe / La Sociedad de la Nieve
Cataluña = El Ovlast de Palafrugell
La producción
Cuando no estoy viajando, Los Minutos del Odio se emite los sábados de madrugada desde nuestros estudios centrales en Pafos, Chipre. La hora de emisión no es un capricho: se sube cuando termino de producirlo, y la elaboración me toma la tarde del viernes y todo el sábado. El horario se reparte del siguiente modo.
El viernes por la tarde, me desplazo a una tetería del centro de Pafos donde me tratan muy bien. Comienza el ordenado de todos los tweets y noticias que he ido acumulando a lo largo de toda la semana. He programado una aplicación que emplea el API de Twitter y la de OpenAi para ordenar provisionalmente el churro de contenido. Tiene este aspecto:

A continuación, llega la fase de redacción. Todo el canal es controlado mediante una aplicación en la que voy guardando guiones, ideas, fechas clave, etc. y Los Minutos del Odio tiene su propio backoffice, que es un poco peculiar, dado que la redacción del guion me exige volver una y otra vez a las fuentes. De ahí que la mesa de redacción tenga este aspecto. A la izquierda, lo que redacto, a la derecha los tweets y enlaces ya ordenados, para ir escribiéndolo todo.

Usualmente, la redacción del guion se cierra al mediodía del sábado. Después de comer, entra la fase de grabación. El programa se graba en un apartamento-taller que tengo a quince minutos a pie de mi casa, y que dedico exclusivamente a manualidades, jardinería, experimentos con gatos y grabación de vídeos. Como verán, es todo mucho más precario de lo que parece.




Y a continuación, regreso a casa, ya avanzada la tarde, y llega la fase de montaje, la más compleja. Para montar mis vídeos empleo Vegas Pro, no porque sea la mejor herramienta, pero me acompaña desde 2010 y ahora mismo no me planteo cambiar porque es una extensión de mi mente. Se edita aquí:

Y esto es a lo que me enfrento durante horas:

Renderizar la cornucopia de efectos, transiciones y demás zarandajas tarda cerca de hora y media. Cuando termino suelen ser las 3 de la madrugada, o incluso las 4. Vencido, subo el vídeo, me voy a dormir, y a las pocas horas despierto para recibir sus comentarios airados porque he criticado demasiado a Don Santiago y Cierra España, que es guapo, bonito, infalible, y un espiritu puro. Con suerte, un buen puñado habrán cancelado su suscripción.
