Cuando escribí Malabar, allá por 2012, llevaba conmigo una grabadora e iba dictándome ideas, sensaciones, y descripciones. Luego venía el tedioso trabajo de escucharse a uno mismo balbuciendo e intentar transcribirlo a un texto medianamente ordenado y coherente. Para escribir La balada de Soi Cowboy me ha acompañado siempre un pequeño artilugio en la muñeca. Es poco más que una memoria USB. Transcribe, gracias a la inteligencia artificial, todo lo que dices. Lo resume, lo ordena, y te devuelve unas notas pulcras y bien redactadas. Fue especialmente útil en las entrevistas, porque no tenía que tomar ninguna nota: al volver al hotel mágicamente tenía la charla resumida y redactada como si de un diálogo teatral se tratara. Pero también lo empleé en mis paseos por los mercados, los barrios de mala muerte, los centros comerciales y los lupanares.

Regresar a Bangkok me ha causado una impresión tremenda porque llevo meses visitándolo con la imaginación a medida que pulía el manuscrito de La balada, y de repente, me he vuelto a encontrar de bruces con las escenas del libro. Y están todas ahí. Desde el mendigo ciego que va cantando lastimeramente con un megáfono, al que la gente le paga para que se aleje con la música a otra parte, a un cartel enorme de una marca de lujo, que Nana ve el primer día que llega a la ciudad. Si alguien conoce a fondo Bangkok, estoy convencido de que encontrará que el retrato que se hace de ella es justo. Si alguien la visita después de leer el libro, va a reconocer su universo al instante.
Sin embargo, hay dos cosas que al momento me resultaron familiares y que deberían estar en la novela y no están. Dos detalles infinitesimales, pero importantes, porque creo que lo que da verosimilitud a las novelas son esos pequeños detalles, en apariencia superfluos, pero que cuando se entrelazan forman esa textura que es capaz de proyectar en tu cabeza atmósferas y hacer creíbles las historias.
El primero tiene que ver con los mototaxis. Bangkok tiene un tráfico espantoso. Apocalíptico. Verdaderamente atroz. Los lugareños se desplazan en Skytrain, un fabuloso monstruo de hormigón y acero que surca las avenidas principales de la ciudad y que forma ya parte del paisaje urbano, como los tuktuks, las casas de masajes y los carromatos de las viejas vendiendo fruta cortada. Yo soy un gran fan de los mototaxis de Bangkok. Los pides con una app, se presentan en dos minutos, cuestan una miseria y bregan con el tráfico con gran eficacia mientras tú dormitas tranquilamente en el asiento trasero. Bien es verdad que te puede tocar un conductor emporrado o atiborrado de yaba, pero lo normal es que el traslado sea bastante tranquilo y, en el mejor de los casos, divertido, en especial si crees en la reencarnación. Es asombroso lo bien que calculan el espacio entre los coches y lo poco que se rozan con los retrovisores. Pues bien. Hay una regla no escrita que dice que los conductores de mototaxi deben ponerse perfume en el cogote para disimular las horas de sudor acumulado peleando con el calor y los embotellamientos eternos. Así, cuando viajas de acá para allá, llevas pegado a tu nariz el inconfundible aroma de la colonia barata. Los mototaxis están, pero ese detalle no.
El segundo: las mamasans de los prostíbulos llevan siempre consigo un puntero láser.
Una mamasan es, en teoría, la figura maternal del bar. En la práctica, es su sistema nervioso central, su contable emocional y su ministra plenipotenciaria de exteriores. Lleva décadas sentada en el mismo taburete, observando a los hombres como un entomólogo cansado que ha clasificado ya a todos los insectos posibles. Distingue con un solo vistazo el cliente con pasta y el entusiasta que no tiene un duro, el ingenuo y el veterano. Lleva el cómputo mental de cuántos minutos ha pasado cada cliente con cada chica, y qué ratio exacto de tequila y agua deben tener los shots que se beben las chicas para que no vomiten en mitad del servicio. Nada ocurre sin su aprobación, aunque esa aprobación adopte la forma de un leve asentimiento, casi invisible, como si concediera una bula papal.
Su autoridad no se basa en la fuerza, sino en algo más antiguo: el conocimiento acumulado de miles de noches idénticas. Ha visto promesas de amor evaporarse antes del amanecer, ha visto fortunas diluirse en whisky barato y ha visto a hombres convencerse de que esta vez todo será distinto. Su función es facilitar la ilusión, y administrarla con precisión farmacológica. Dirige la opereta. Las chicas la respetan porque entienden que su supervivencia depende de ella. Los clientes la respetan sin saber muy bien por qué, como se respeta a alguien que conoce una versión de ti que tú mismo preferirías no recordar.
Como no quiero que pienses que las mamasan son ancianas amargadas, aquí te dejo una foto de la entrevista que tuve con una de ellas.
Pues bien: en Tailandia, las mamasan llevan un puntero láser. No sé cómo pude olvidar ese detalle, la verdad. Llevo flagelándome por ello un mes. Cuando un cliente se encapricha con una chica -una de las veinte que se contonean en la tarima-, le chilla el número a la mamasan para hacerse entender sobre la música estridente que impregna cada rincón del local. Y la mamasan saca su puntero láser y señala el ombligo de la chica, para asegurarse que es ella y no otra la que tiene que bajar a mostrarse receptiva con el farang.
Lo cierto es que la imagen del puntero láser habría dado muchísimo juego: ese gesto mínimo contiene todo el poder. Es el mismo instrumento que un profesor usa para explicar un sistema solar en una pizarra, con la diferencia de que en los prostíbulos de Bangkok los planetas respiran, fuman y se retuercen como culebras. Evoca, ante todo, la metáfora del mercado ganadero sofisticado. También recuerda al francotirador. El punto rojo que aparece sobre un cuerpo antes del disparo. La chica ni siquiera tiene que moverse; es la señal la que la convierte en objetivo. Y, además, el puntero láser también es una metáfora de la modernidad misma: frío, preciso, impersonal. El viejo mundo señalaba con el dedo. El nuevo mundo señala con un rayito de luz. La carne sigue siendo la misma.
Lo que cambia es la interfaz.