Total, que Pedro y yo -les hablaré de Pedro más adelante- nos adentramos en la caverna de Nana Plaza. Él sube un momento a su despacho a firmar unos papeles y yo me quedo observándolo todo con atención felina. Es curioso lo mucho que se parece ese lugar, visto desde arriba, a los Círculos del Infierno de Dante. Llevo dos días recorriendo los centros comerciales de Bangkok como un anciano efebófilo, espiando a hurtadillas las parvadas de jóvenes para ver si alguna tiene cara de Nana, pero mis búsquedas han sido infructuosas. Me siento un viejo verde al acecho y tengo la sensación de que tarde o temprano los de seguridad van a tomar cartas en el asunto. Además, algo me dice que el rostro de Nana lo voy a encontrar en el mismo lugar de donde salió: un burdel.
Nana Plaza es un agujero negro erótico con luces de neón que succiona tu voluntad y la escupe en forma de whisky barato y risas huecas. Como buen agujero negro, te absorbe. Tres pisos de lujuria atrapada en jaulas verticales, una especie de zoológico del deseo donde las fieras se contonean con tacones de aguja, nombres falsos, tangas de charol y demasiado maquillaje. ¿Te acuerdas del olor? No hablo de ese olor del perfume barato y el sudor excitado. No. El otro. Ese aroma persistente a resignación disfrazada de sonrisas de látex y silicona. El aliento de los ventiladores oxidados intentando remover el aire cargado de culpa y adrenalina.

Nana Plaza está encerrada entre columnas de hormigón carcomido por el moho en Sukhumvit Soi 4, y refulge como un templo profano justo cuando Bangkok bosteza y se despereza para dar comienzo a su verdadera jornada. Alrededor, los conductores de tuctucs fuman en silencio, los ladyboys se retocan los labios, las chicas bailan como si el tiempo no existiera, como si estuvieran atrapadas para toda la eternidad en un loop eterno. Música electrónica salpicada de risas agudas, cervezas Singha tibias, hombres con polos demasiado ajustados y ojos que no saben dónde mirar. Algunos buscan amor. Otros, olvido. Tú, buscabas a Nana.
Pedro me escolta al primer local: Billboard. Hace un año estuve allí y hay una parte de la novela que lo usa como telón de fondo -al menos, una versión estilizada de él y mezclada con el local vecino, el Butterflies-. Diviso a lo lejos a una muchacha que podría pasar perfectamente por Nana. Chapotea, cubierta de pompas de jabón, en una enorme bañera. Pedro negocia a gritos con la mamasan desde la barra. La mamasan va a explicarle nuestros planes a la chica, y a saber lo que le cuenta, que la chica responde que no. Decidimos que lo mejor que podemos hacer es peregrinar por los locales e ir apuntando números de gogós hasta tener un listado, y después regresar con una oferta en firme. Así, me adentro en el Geisha, el Kino -cuyo propietario sale también en la novela, aunque no lo sepa-, tal vez nos pasamos también por el Angelwitch, aunque a estas alturas estoy algo aturdido ya. Hay cerca de dos mil mujeres trabajando en Nana Plaza, pero al final la lista de las posibles protagonistas es muy reducida. No me basta con que mi Nana sea guapa, guapas -en el sentido canónico- lo son casi todas. Tiene que tener un algo -inocencia, filo, misticismo, una loba muñeca a la que tu cerebro reptiliano quiere instintivamente proteger pero que sabes que puede acabar contigo con un simple parpadeo-. Así que seguimos apuntando números hasta que llegamos al Spanky’s. El Spanky’s es un local pequeño, pero también uno de los más populares. A la puerta hay cuatro o cinco chicas que, haciendo honor al nombre del negocio, te fustigan el culo al pasar, para invitarte a quedarte. Pedro me deja solo en un rincón de la barra. El local está a rebosar. Se hace el silencio, y aparece en escena una auténtica reina de la noche. Absolutamente deslumbrante. Es lo que en la jerga se conoce como una coyote: Curtida en mil batallas y dolorosamente irresistible. Se sube al pequeño escenario, y se pone a bailar, como una culebra. La encarnación del pecado ahí mismo. En algún momento se da cuenta de que la estoy observando con pinta de obseso desquiciado, y me devuelve la mirada. Se levanta la faldita y me hace una foto con su coño. Por un momento, creo haberla encontrado. A pesar de que la noche ha hecho mella en ella, es tan hermosa -por lo menos bajo la luz de esos focos- que estoy a punto de llamar a Pedro y decirle que no hay que buscar más. Pero la observo un rato más mientras baila y siento que, en cierto modo, me voy a arrepentir. Es bella, sí, pero no puedo obviar que tiene pinta de haberlo visto y hecho todo en esta vida. Así que decido actuar con frialdad, anotar su número, y ya se verá.
Sin embargo, cuando estamos cruzando la puerta del local, se abren las cortinas de terciopelo, y ante mí se presenta una especie de aparición espectral empujando entre carcajadas a un grupo de alemanes al borde de la desintegración senil.
Tiene los ojos de luna rota delineados con precisión de asesina, y labios de manzana de agua. La cara redonda que todavía no ha sufrido la penitencia de demasiadas noches. Piel lisa, bronceada como si el sol la hubiese acariciado con ternura durante vidas enteras. No es una piel de catálogo, sino una piel real, con pequeñas cicatrices de infancia, con marcas que no explica. Nana es ternura en llamas. Al verla entrar riendo con el rostro liso de quien nunca debió aprender a mentir tan joven, entiendes que esa ternura sigue ahí. Enterrada bajo capas de sonrisas impostadas y pestañas postizas, pero viva.
- Pedro, hostia, es ella.
- Sí, joder.
Nuch es una PR: Public Relations. Su tarea consiste en atraer clientes al interior, y en teoría, no se acuesta con nadie, en el ecosistema de la noche es una principiante algo torpe pero con mucho carisma. La misión de Nuch en el Spanky’s es estar fuera con la fusta, azotando a la gente, de ocho de la tarde a cuatro de la madrugada. Tiene una sonrisa que desarma.
La llamamos y saco el traductor de Google. “Hola. Soy un escritor español y estoy buscando la cara para la portada de mi nuevo libro y creo que la tuya es perfecta. Quiero hacer un book de fotos (de cara y vestida). ¿ Te interesa?”
Lo lee con interés, y de nuevo aparece esa sonrisa. Qué pena que en la portada no pueda sonreír. Dice que sí con entusiasmo. Es una diva que jamás sabrá que lo es.
Y les pondría aquí el retrato de Nuch, pero en diez minutos lo estarían ustedes publicando en redes, y no quiero fastidiar la sorpresa de la portada, así que les dejo con su foto firmando el contrato.
https://www.fabiancbarrio.com/copypaste/pastes/p-1770272055480.html