Biografía

1973: “Eu son Balbino. Un rapaz de aldea. Coma quen dis, un ninguén”

nnnNací en la brumosa Santiago de Compostela, muy cerca del Paseo de la Alameda, donde Rosalía de Castro solía pasear lánguidamente bajo la lluvia. Hasta donde llegan mis recuerdos, perseguía desde muy niño el espíritu de la escritora caminando en el umbrío jardín de su casa de Padrón, al lado de la que vivíamos.
También vivíamos al lado de un cementerio. A juzgar por los cánones de sobreprotección a la infancia que padece la sociedad actual, yo ahora mismo sería un deficiente mental, pero parece que he sobrevivido. Mi infancia son recuerdos de patios de colegio embarrados, de cochecitos de juguete, de peonzas y yoyós que parecían cobrar vida. Aulas con aroma a tiza, a serrín y polvo, a cartón, a chubasqueros mojados, a madera de lápices recién afilados. Mis padres eran maestros rurales: cuando apenas abultaba dos palmos del suelo, mi vida eran pasillos de escuelas y aulas atiborradas de chavales que olían a estiércol y a leche recién ordeñada.

Eu son Balbino. Un rapaz da aldea. Coma quen di, un ninguén. E ademais, pobre. A aldea é unha mestura de lama e fume, onde os cans ouvean e a xente morre. Os rapaces somos tristes. Enredamos, corremos tras dos foguetes e ata rimos, pero somos tristes. Temos a pobreza e os trafegos da terra aniñados nos ollos.

Eu quixera andar mundo. Ir por mares e terras que non coñezo. Nacín e crieime na aldea pero agora síntoa pequena, estreita. Coma se vivise nun cortizo. Teño pensamentos que non lle podo contar a ninguén. Algúns non me entenderían e outros chamaríanme tolo. Por iso escribo. E despois durmo coma unha pedra. Quedo desatafegado, libre, coma se me quitasen de enriba un bocoi.

Xosé Neira Vilas, Memorias de un neno labrego

1980: Los primeros viajes

Siempre he viajado. Mis padres recibían las vacaciones de verano con una caravana cargada hasta los topes. A principios de junio, en cuanto sonaba el último timbre que daba fin a las clases, nos montábamos en el coche y salíamos a recorrer Europa. Mis padres me cuentan que pasaba horas y horas jugando con los clicks de Playmóbil en el suelo del Renault 12, y que de vez en cuando levantaba la cabecita rubia y decía “¡Me mareo! ¿A qué jugamos?”. Al llegar a los campings, salía corriendo en busca de matrículas italianas, porque me encantaba su comida. Aprendí a hacer pucheros y mirarlos con ojitos de cordero degollado a cambio de un plato de pasta.

1983: Lisboa

En Portugal, con la perra Dushka

Papá vivía empeñado en comprar una gran finca con una casa de piedra para restaurarla. La compramos a las afueras de Padrón. Lamentablemente, las deudas fueron acumulándose y acumulándose. Cuando tenía diez años emigramos a Portugal, ahí viví hasta los dieciséis. Es imposible describir la sensación de un niño de aldea cuando se enfrenta por vez primera a la gran ciudad. Muchos años más tarde, intentaría evocar esos recuerdos y sensaciones en mi novela “Malabar“.
En aquella época, un viaje en coche desde Galicia a Lisboa era toda una odisea de carreteras serpenteantes. Al llegar a la enorme capital, tuvimos el infortunio de caer en uno de los enormes barrios de lata que por aquella época poblaban las afueras, con emigrantes huidos de Mozambique y Angola. Recuerdo el coche rodeado de niños negros que me aterraron. Jamás antes había visto a nadie de otra raza. Hasta la llegada de la adolescencia y la turbulenta separación de mis padres, Lisboa supuso para mí un inmenso océano de descubrimientos y sorpresas. Amo Portugal. Es mi segundo hogar, a pesar de que he sido incapaz de volver a Lisboa desde que la dejé atrás, hace ahora más de dos docenios. Creo que tengo miedo a rasgar el frágil velo de recuerdo que tengo de aquel lugar, o quizá de que afloren cosas que no quiero recordar. Los “artistas” somos así.

1990: Estados Unidos

Tuve una adolescencia casi tan atormentada como la de cualquiera, tal vez un poco más. Convencido de que sería director de cine, hice el COU en Colorado en busca de una oportunidad. Fue quizá el año más dichoso de mi vida. Acabé de estudiante de intercambio en casa de los Haas. Vivían en un hermoso rancho con cuatro caballos y una jauría de perros labradores inmensamente sucios y entusiastas que no había forma de controlar.
Boulder era una pequeña ciudad de provincias asentada a orillas de las montañas Rocosas, en una gran planicie de un vivo color carmesí. Los Haas disfrutaban de todas las comodidades de una familia modélica de telefilm de sobremesa: una enorme casa con retorcida escalinata, cuatro coches, una secadora monumental, un refugio para tornados y una de las neveras más grandes que haya visto jamás. Los Haas tenían dos hijos: Robert, el más joven, era un
colosal monolito de cien kilos de músculo que acabó siendo una estrella de la liga universitaria de fútbol americano. Annie se convirtió en mi hermana para siempre jamás. Era una adolescente atolondrada, de personalidad arrolladora de diva de la ópera, una voz potentísima de contralto y uñas muy largas de color cereza. No sé cómo el destino supo ponernos en nuestros respectivos caminos, pero acertó de lleno.
En el instituto me junté con un grupo de estudiantes de intercambio, y formamos una piña inseparable. Todavía mantengo contacto con alguno de ellos.

1991-1996: Filomeno, a mi pesar

Como penitencia, y dado que desde los 14 años me convertí en un estudiante bastante mediocre, me vi casi obligado a estudiar Psicología, carrera que nunca me resultó estimulante pero para la que tenía nota suficiente. Sin embargo, un rasgo de mi personalidad es el tesón: La acabé a la primera por mis santísimos cojones. Todavía hoy sueño que me falta un examen. Llovía eternamente sobre el lomo de Galicia. Jamás recogí mi título.
Mientras estudiaba en el hospital para enfermos mentales de la Universidad de Santiago decidí probar suerte con la radio. De nuevo el tesón hizo que el director de programas de Onda Cero escuchara una cinta. Llamaba al pobre hombre casi a diario, y un día conseguí que se llevara consigo, de camino a una rueda de prensa, el cassette que le había grabado. Me llamó riéndose sin parar y me ofreció un espacio de cine en la programación local. Me creé un personaje, el Fotograma Triangular y con él empezó una carrera fascinante que duró ocho años. Amo la radio.

RadioVoz

Mis inflamados delirios de grandeza me hicieron aceptar un trabajo de guía de inglés en un castillo francés. Trabajaba tres meses en Francia, y me pulía lo ganado en dos semanas en cursos de cine en Estados Unidos. Fue allí donde tuve mi primer contacto con Internet. Mi hermana americana, Annie, empleaba un colosal y chirriante modem para conectarse por teléfono a la red de su universidad y chatear con desconocidos. Aquello me maravilló y a mi regreso de unas vacaciones inicié una recogida de firmas para que en la biblioteca de la universidad instalaran un PC con acceso a la red. Lo conseguí. Era el único que lo usaba. Todavía no sé cómo diablos conseguí acabar la carrera estudiando el cerebro de la vaca y Estadística Avanzada Dos. Aprovechando un programa de modernización para PYMES de la Xunta de Galicia, y sin dejar de trabajar gratis en la radio, instalé una pequeña red en mi casa y me hice autónomo. Me gastaba puntualmente todos los meses la pensión alimenticia de mi padre en pagar al Estado. Mi plan inicial era emplear mis rudimentarios conocimientos de psicología para montar una web en la que uno se apuntara para buscar pareja. Esta idea brotaría muchísimo después bajo la forma de Meetic o de eDarling, y de haberlo conseguido entonces, hoy sería multimillonario. La idea era que lo pagara la Coca-Cola. No obstante, yo no tenía ni idea de programación, y las pocas empresas que por aquellos tiempos operaban en Internet en España cobraban lo que querían por hacer esas cosas. Así que simplemente abrí una página en la que escribía sobre tecnología, mostraba webs curiosas, programas útiles, cosas así. Por asombroso que parezca, todavía me escribe alguien de vez en cuando diciéndome que echa de menos mis boletines. Huelga decir que en aquella época no había ni Youtube, ni blogs, ni absolutamente nada que pudiera parecérsele y tenía que hacerlo todo a mano buceando en códigos incomprensibles: hablamos de finales de los noventa. En Internet estabábamos un tipo de Cuenca y yo. Durante un buen par de años estuve bregando con aquella página, y fui incrementando mis líneas de negocio. Llegué a tener una decena de webs, entre las que se contaban un par de páginas porno y un casino online -en joint venture con un mafioso ruso que vivía en Nueva York, operaba en las Barbados, y que me mandaba puntualmente cheques cada vez más voluminosos-. El caso es que finalmente me contrataron en Radio Voz por una verdadera miseria. Estuve un par de años trabajando de cuatro de la mañana a doce de la noche ininterrumpidamente. Me relajaba volando cometas en un descampado cercano y a veces dormía una brevísima siesta como un pequeño ratón en un colchón el trastero de la casa de mi padre, a donde iba a comer un bocadillo antes de enfrentar la tarde. Oh, la juventud.

2000: El abandono del útero

Ante el edificio Masters, en Madrid, tras firmar mi primer contrato.

Ante el edificio Masters, en Madrid, tras firmar mi primer contrato.

Un buen día Telefónica decidió comprar Onda Cero y Radio Voz y fusionarlas. A mi me llamaron al despacho del jefe y me dijeron que estaban muy contentos conmigo, pero que iban a reducir personal. Que si quería me mandaban a Porto do Son, una coqueta aldea de pescadores en mitad del Atlántico, y que allí me encargaría de ser técnico, productor, locutor y comercial. Tomaba todas las mañanas mi diminuto Ford Ka -comprado íntegramente con los cheques del ruso del casino- y conducía bajo la ventisca para sentarme ante un micrófono y hacer un programa que no escuchaba nadie en absoluto. Bueno, sí, la vieja que vivía en el monte al lado de la antena creo que a veces encendía el transistor, la pobre.

Estando en esta extraña situación de Doctor en Alaska, un buen día me fijé en que la empresa que llevaba la publicidad de mis páginas -yo había firmado el segundo contrato que firmaba esa gente, el primero fue el buscador Ozú- tenía planes de expansión por Brasil y Portugal. Les escribí ofreciéndoles mis servicios. Me llamaron al cabo de unos cinco minutos ofreciéndome un puesto de ejecutivo junior. El salario multiplicaba por cinco el que me pagaban en la radio. Diez días más tarde emprendía rumbo a Madrid con el Ford Ka cargado hasta los topes. Era la época del boom de las puntocom. Pagaban casi cualquier cosa a casi cualquiera que supiera teclear con sus muñones algo en el ordenador. La empresa se disolvió a los seis meses de mi llegada -no tuve nada que ver con ello, tendríais que haber visto cómo pasaban las horas jugando al futbolín los ingenieros de sistemas- y yo fundé con las brasas de aquella hoguera mi propia empresa.

2001-2010: El pijo urbanita

Esta era mi mesa de trabajo.

Esta era mi mesa de trabajo.

Me dediqué durante los siguientes nueve años de mi vida a prestar soporte técnico y asesorar en cuestiones de marketing, publicidad, programación y diseño a diarios digitales de alto tráfico. Es muy probable que hayas visitado una página tras la que yo me encontraba sudando la gota gorda. Fornicaba compulsivamente, conducía un coche descapotable, vestía de Armani y cenaba en restaurantes decorados por Philippe Stark. Fui infeliz desde el minuto cero hasta que decidí dejarlo todo y salir a recorrer mundo como un perroflauta. Hice dinero esos once años, no lo dudo. En este país miserable, mediocre y ruín incluso me exigen que pida disculpas por ello. Pero ya he aprendido que el dinero no da la felicidad. Sólo quiero tener el dinero necesario para vivir de forma agradable. En realidad, el dinero sólo te permite comprar cosas que no necesitas. Para poco más sirve.

2010-?: El morador del asfalto

Enloquecí. Sí, esto es así, enloquecí. Sólo un loco decide tirar por la borda el trabajo de diez años por cumplir un sueño. Me han preguntado muchas veces cómo es el momento en que decido plantarlo todo, ese instante de locura que cambia tu vida por completo. Ocurrió así: Una tarde de domingo, unos clientes me habían llamado porque parte de su oficina se había quedado sin red. Mis empleados no estaban por la labor de desplazarse hasta allí, así que me tocó ir a mí. Me encontré arrodillado bajo una mesa de oficina, tanteando el polvoriento suelo para descubrir un cable suelto en alguna parte. Y tuve una especie de Revelación, de Momento Mágico. En aquel momento fui Quijote en busca de su armadura, o Santa Teresa de Jesús levitando en su celda monacal.
– ¿Qué cojones haces aquí?- me pregunté siseando.
No era una pregunta retórica: mitad de mi cabeza exigía una respuesta justificada. Qué cojones pintaba allí, bajo aquella mesa, con las finas motitas de polvo revoloteando a mi alrededor y metiéndose en mi nariz. Cuándo, en toda mi estúpida y vacía existencia, había elegido terminar buscando un puñetero cable suelto un domingo por la tarde bajo el escritorio de una oficina de una zona pija de Madrid.
Aquella noche, tras sacar a mear a Vaca, mi esquizofrénica dálmata, me tumbé en el sofá y observé con mirada perdida las cerchas de metal del techo de mi salón.
– Lo único que necesitas hacer es fijar una fecha- revelé en voz alta a las sombras del salón. Y sabía que era verdad. Solo tenía que fijar una fecha, poner fin a esa vida y empezar una nueva. Durante unos días esa idea me obsesionó. Fijar una fecha. ¿Una fecha para qué? Pensé en ir andando a la India. Pensé en montar un restaurante. Consideré muy seriamente la idea del suicidio, e incluso lo planifiqué con cierto desdén pero abandoné la idea por cobardía. Y, mientras tanto, el móvil no dejaba de sonar. Las reuniones con los clientes eran cada vez más tensas, y se me antojaban más inútiles y vacías. En alguna ocasión consideré la posibilidad de abandonar alguna de esas reuniones y arrojarme por una ventana tras efectuar una danza obscena con la picha al aire sobre la mesa de juntas. Habría sido un final glorioso para una existencia mediocre y ridícula.
Compré un par de atlas y de mapas. Y empecé a dibujar una idea en la cabeza.

Partí el 22 de mayo de 2010 a las 12 de la mañana. No volví a mirar atrás.

con-fefa

Recorrí 63 países y unos 120.000 kilómetros en dos años, a lomos de la moto Fefa. Fruto de esa experiencia, escribí el libro autobiográfico “Salí a dar una vuelta“, que se convirtió, para mi absoluto asombro, en un éxito editorial. Bueno, tampoco tanto. Se vendió bien. Mientras presentaba el libro en la BMW Riders de 2012, me ofrecieron de forma totalmente casual un viaje patrocinado a Estados Unidos, que di en llamar “Next”, en alusión a la incomoda pregunta que siempre me hacían durante las presentaciones del libro: “¿Y ahora qué haras?”. Personalmente, es una pregunta que DETESTO con toda la fuerza de mi ser, y deseo a quien la formule que se vea atrapado por una riada de mierda en un callejon sin salida.

Durante mi vuelta al mundo, en Nepal, un ex-coronel del ejército británico me contó su historia: al saberse estéril, su mujer Esther se había suicidado, y este hecho motivó en Philip el ardiente deseo de llenar su propia vida de sentido. Montó una ONG en Kathmadú para rescatar a niños comprados a sus familias a los pies del Himalaya y esclavizados en circos de la India. La historia me cautivó tanto que decidí dedicarle un año de mi vida. Conseguí el patrocinio de Mutua Madrileña y partí rumbo a Oriente en 2014. Llamé a este viaje Proyecto Suraj, y supondría un punto de inflexión en mi joven carrera de escritor y viajero. Descubrí que me gustaba aunar la aventura con la investigación y la responsabilidad social. Al concluir este viaje, publiqué dos libros: Las mejores rutas por el mundo en moto -mi primera experiencia con una editorial grande- y la novela Malabar.

Malabar es mi libro menos vendido, y sin embargo es el que más aprecio. Lo escribí en Kathmandu, en un plazo de unos dos meses. Cada vez que necesitaba algo de inspiración, no tenía más que bajar a la calle y respirar.

mainumbiiii

Tras la publicación de ambos libros, partí apresuradamente rumbo a América. Inspirado por mi primer recuerdo feliz, el día en que fui por primera vez al cine -a ver E.T.-, decidí proyectar películas en rincones apartados de Latinoamérica donde la experiencia litúrgica de la sala de cine ni ha llegado ni se le espera. Además, hice llegar motos a ONG cuya situación de especial aislamiento supone un obstáculo que puede verse suavizado con la llegada de un vehículo versátil y ágil. A este viaje, desde Buenos Aires a California, lo llamé la Ruta Mainumbí, y también fue patrocinado por Mutua Madrileña. A mi regreso, publiqué la segunda parte de “Salí a dar una vuelta“, “Morador del asfalto“, que arranca justo donde termina el anterior. Dicen que las segundas partes nunca han sido buenas, así que allá tú si quieres leerlo.

Viajar en moto, y contar lo que me pasa por el camino, es lo que más feliz me hace en el mundo, y es algo que, creo, se me da bien. El mundo está lleno de historias que narrar. Sería para mi un honor que estuvieras dispuesto a escucharlas de mi boca.

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